El experimento

9 Setembre 2010

Por fin, Irene consiguió calmarse. No sabía cuánto tiempo había estado llorando escondida, pero sabía que no podía seguir así si quería sobrevivir. Su bata, anteriormente de un blanco impoluto, ahora estaba toda sucia, manchada de la sangre de sus compañeros. Sus preciosos ojos verdes ahora enrojecidos de tanto llorar, y su cabellera rubia despeinada y llena de sangre. Pero eso era lo de menos. Sus compañeros habían muerto. Esa bestia los había matado.

Pasados unos minutos consiguió reunir el valor para salir de la habitación donde se encontraba. Era un cuarto pequeño usado como almacén, lleno de cajas. Le había ido bien para esconderse, pero no podía quedarse escondida para siempre. Tenía que huir del complejo Omega y avisar de la existencia de ese monstruo. Si la criatura conseguía salir, sería una completa catástrofe.

El protocolo de emergencia del complejo sellaba todas las salidas automáticamente en caso de fuga de un espécimen, pero la puerta de la cueva había estado funcionando mal los últimos días y había sido desconectada del sistema automático mientras se investigaban las causas de su malfuncionamiento, así que era posible que aun estuviese abierta.

Al salir de la habitación se dirigió directamente hacía las escaleras para descender hasta los niveles inferiores, donde se hallaba la cueva. Los pasillos, normalmente iluminados con una suave luz blanca, ahora estaban prácticamente a oscuras, sólo las naranjas luces de emergencia parpadeaban intermitentemente.

Llegó a las escaleras y descendió por ellas. Ya sólo le faltaba recorrer un pasillo y girar una esquina para llegar a la cueva. Mientras recorría el pasillo, Irene se horrorizo ante el pensamiento de que el experimento había sido un éxito rotundo. El sujeto había desarrollado una fuerza increíble, más allá de lo esperado, tanto que pudo destrozar con facilidad el cristal blindado que lo mantenía preso. Y no sólo eso, también había demostrado una gran resistencia. Miguel, el de seguridad, vació todo el cargador de su arma y no consiguió hacerle ni un solo rasguño.

Ya llegaba al final del pasillo cuando oyó un ruido procedente del otro lado de la esquina. Se acerco lentamente y se asomo con cuidado. A duras penas consiguió aguantarse las ganas de gritar cuando vio lo que había allí. Tal como pensaba, la puerta seguía abierta, pero al parecer, otros dos científicos tuvieron la misma idea que ella, y el monstruo les dio caza. Ahora, sus cuerpos estaban allí, siendo devorados por la bestia.

Irene tenía miedo. Estaba tan aterrorizada que no podía moverse. Sabía que debía irse de allí, que era peligroso quedarse tan cerca, pero el hecho de que el monstruo se interpusiese entre ella y su última esperanza la había desmoralizado. Estaba tan cerca. Entonces se dio cuenta de que ya no oía el ruido de la bestia comiendo. Esperó unos minutos y decidió asomarse. Lo que vio le hizo vomitar. Los cuerpos devorados de sus compañeros estaban ahí, tendidos en el suelo, totalmente destripados.

Pero la criatura no estaba. Esa podría ser su oportunidad para huir. Reunió el valor suficiente y corrió hacia la cueva. Pasó sin mirar a sus antiguos compañeros, sin respirar para no sentir el olor nauseabundo. Llego a la puerta, la atravesó y se puso frente al panel de control de la misma. Inició la secuencia de cierre de la puerta y la pesada puerta empezó a moverse lentamente. Los segundos que pasaron para cerrarse la puerta se le hicieron eternos a Irene, y cuando vio que la puerta se había cerrado completamente, suspiro aliviada. Se había salvado. Ahora lo único que tenía que hacer era avisar de la existencia de la bestia. Por el bien de todos, debía ser eliminada.

Entonces Irene oyó un ruido tras de sí. Se giró a tiempo para ver una garra dirigiéndose hacia ella.

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